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El Burato do Inferno en la isla de Ons

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Una gaviota observa la cruz sobre una roca que cristianiza el lugar, gran generador de leyenda. FOTOS. J. M. G.

JESÚS MANUEL GARCÍA. Al suroeste de la Isla de Ons se halla un paraje natural bien conocido como O Burato do Inferno. Lo visitamos realizando el itinerario sur de esta isla, que nos brinda un extraordinario paseo al borde del mar desde O Curro, pasando por las playas dos Cans, Canexol y Pereiro. Luego ascendemos por un camino de tierra y vegetación que nos llevará al mítico lugar, bien atravesando un enorme pinar, escuchando el susurro de los árboles estimulados por el viento, o bien podemos rodearlo.

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Boca del pozo, con una caída de ochenta metros entre paredes graníticas.

Llegar al Burato es asomarnos al mar abierto desde lo alto de la isla y observar un murete de piedra que nos protege de caer en tan impresionante agujero. Son algo así como 80 metros de profundidad, con paredes graníticas y en contacto con el mar mediante un espacio alargado, como si se tratase de una cueva, denominado furna. Dado que el techo o bóveda de esa cavidad se compone de derrubios antiguos de ladera, los geólogos concluyen que la historia de este lugar es mucho más antigua de lo que se creía. Hace entre 74.000 y 128.000 años, en el período Eemiense, de la etapa interglacial, la línea de costa estaba muy próxima a la actual, con furnas como la que nos ocupa, debidas a las fracturas del macizo rocoso. En la fase climática siguiente, la etapa Würm provocó la modificación de la línea de costa pues los acantilados se fueron recubriendo de derrubios de ladera. Y es ahora, en la actual etapa interglacial, el Holoceno, cuando el mar subió de nivel descubriendo sus aguas las viejas furnas. En Ons, el efecto del mar hizo que se derribara parte del techo de la furna quedando a la vista un gigantesco pozo conocido como el Burato do Inferno.

Al fondo, fundidas entre el azul marino y le celeste, las Cíes, señoras del Atlántico.
Al fondo, fundidas entre el azul marino y le celeste, las Cíes, señoras del Atlántico.

Dentro de este agujero o pozo natural la circulación del agua por entre las fracturas provoca, por efectos químicos, una capa blanquecina que se conoce como Leche de Luna, sustancia compuesta de modo especial por silicatos. La impresión al asomarse es de vértigo pues aquel pozo no deja de impresionar. En medio de la nada, con le mar abajo, las gaviotas que sobrevuelan la isla, una cruz blanca en una roca y al fondo, la isla de Onza. El paisaje es impresionante.

Tratándose de una isla reducida, ello influyó también en la particular cultura de su pueblo. El Burato, con el rugir del mar en su interior, era sinónimo de las almas revueltas en este confín de la isla. Esto nos habla de una cultura popular muy interesante dado el aislamiento natural en que vivían los isleños. Ons, a diferencia de otras islas del parque nacional, es un precioso laboratorio antropológico dado que estuvo poblada y aún vive gente en ella. El tener al médico en el continente obligó a los lugareños a desarrollar la medicina popular.

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La naturaleza en su punto, al sur de Ons, con su costa acantilada que no resta a la isla su imagen de suaves formas con las que se muestra al visitante.

Esta cultura de Ons conserva leyendas, empezando por la de la Santa Compaña, que aquí tiene su acomodo particular. Se creía que si una mujer embarazada comía percebes y le saltaba el agua del percebe a la cara, el bebé tendría una mancha en la cara en forma de uña del percebe. Quien mirase mal a otro vecino, iba a Beluso a por un sapo en cuya boca le pone un trozo de ropa de esa persona. Mientras el batracio no soltase la tela de su boca, el vecino andaría doliente. La dorna es la embarcación tradicional de Ons. Pues cuando un marinero iba a pescar con varios, si no pescaba él nada, daba por hecho que la barca estaba embrujada, por lo que la vareaba en la playa en la noche hasta cansar la dorna. Es la riqueza de esta ínsula tan humanizada y con tanta historia.

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