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La manifestación del resplandor divino en la catedral ourensana

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Detalle del rosetón de la fachada norte, el más espectacular del templo. FOTO: J.M.G.
Detalle del rosetón gótico flamígero de la fachada norte, el más espectacular del templo, que sustituyó al románico. FOTO: J.M.G.

JESÚS MANUEL GARCÍA. En la Edad Media la luz que pasa a través del vidrio sin afectarlo, valía para representar la omnipresencia de Dios. Esto lo vemos muy bien en las catedrales góticas con sus vidrieras que iluminan el espacio interior, es decir, esparcen la claridad del verdadero sol que es la divinidad, como señalaba Durand, obispo de Mende. Pensemos en León.

   Aún no tratándose la de Ourense de una catedral gótica sí se dan ejemplos en ella de lo que estamos diciendo, gracias a sus rosetones, que han perdido las vidrieras originales salvo algún caso en los vanos flamígeros de la capilla de San Juan. Cuatro son los rosetones principales de la catedral: el de la fachada occidental, que perdió su tracería del siglo XIII; el de la fachada sur, de pequeño diámetro, del siglo XII, igualmente sin tracería; el ubicado sobre el ábside principal, donde se halla la capilla mayor, del XII, rosca esta cargada de simbolismo pues al círculo se le suman otros ocho círculos menores. El otro rosetón preside la fachada norte, y es el único que conserva una hermosa tracería no románica sino del siglo XV y describe una curva deltoide con diseño a base de triángulos y círculos. Gravita sobre el portal de origen románico que tan destrozado se vio por las luchas condales. El propio rosetón sustituye al románico, que posiblemente fuese de menor diámetro, como el de la fachada sur. En esta época la luz ya no ejercía el papel estricto de iluminación del interior del templo, como sucedía en el románico con sus vanos.

El círculo, el paso de la luz, todo alude al símbolo en el rosetón medieval. FOTO: J.M.G.
El círculo, el paso de la luz, todo alude al símbolo en el rosetón medieval. FOTO: J.M.G.

   Desde el XIII en adelante la vidriera coloreará la luz, la transformará en algo sutil, misterioso, divino. Suponemos que este rosetón de la fachada norte, con su nueva tracería y vidrieras, daría luz coloreada al transepto catedralicio, pero no estamos en un edificio gótico. De lejanas culturas les llegaba a los hombres medievales la idea de la luz como representación o alusión a la divinidad, pensemos en las culturas solares egipcia con su dios Ra, el Bel semítico o el Ahura Mazda iraní que no eran más que personificación de la luz solar o de su benéfica acción.

El rosetón norte desde el interior del transepto de la catedral. FOTO: J.M.G.
El rosetón norte desde el interior del transepto de la catedral, no conserva los vitrales coloreados. FOTO: J.M.G.

   La escolástica del XIII desarrolló la doctrina de la luz a través de dos vías, una, la de una cosmología física y estética y otra, la de una ontología de la forma. Grosseteste escribió que la luz es bella por sí misma y ello es debido a que su naturaleza es simple y comprende en sí, dice, “todas las cosas juntas”. Añadía que está unida y proporcionada a sí misma “de modo concorde por la igualdad”. E indicaba que la proporción justifica la indivisa belleza de Dios como fuente de luz ya que él es simple y a la vez es la máxima concordia y conveniencia de sí consigo mismo.

   Tomás de Aquino describió la visión beatífica y la gloria celestial así: “Cuánto esplendor habrá cuando la luz del sol eterno ilumine las almas glorificadas… Un gozo extraordinario no puede esconderse, si irrumpe en gozo o júbilo y cánticos, en los que irán al reino de los cielos”. Este santo, en su famosa Summa Theologiae, indica que lo bello consiste en una cierta claridad y en una cierta proporción.

   Para Gosseteste de Lincoln es la luz el máximo agente de embellecimiento y de manifestación de la belleza. Tenemos en el rosetón, de un lado, la luz solar que transforma al pasar por sus vitrales, insistimos, hoy traslúcidos, sin colores. Del otro, la forma a través de la que la luz pasa y esta no es más que un círculo. Zenón calificaba a Cristo como el verdadero sol, refiriéndose, nos dice Franz Joseph Dölger, a que es fuente verdadera de luz y de vida para el alma.

El espectacular vano flamígero de la cercana capilla de San Juan también forma parte del simbolismo de la luz. Conserva fragmentos de vidrieras, aunque carece de la forma circular. FOTO: J.M.G.
El espectacular vano flamígero de la cercana capilla de San Juan también forma parte del simbolismo de la luz. Conserva fragmentos de vidrieras, aunque carece de la forma circular. Pero así como el sol por sus rayos, el fuego con sus llamas aquí recordadas en las lancetas del vano, alude a la fuerza purificadora, iluminadora y fecunda. Es quizá el mejor símbolo de Dios. Es curioso este detalle tratándose de la capilla bautismal, donde hay un pozo con agua, antagonista del fuego. Y el agua también purifica aunque el fuego alude a la purificación por la comprensión hasta su forma más espiritual, por la luz y la verdad. El agua, sin embargo, simboliza la purificación del deseo hasta convertirlo en bondad, como recuerda magistralmente Gheebart. FOTO: J.M.G.

   Según Clemente de Alejandría, Cristo era el Sol de la resurrección que da vida a través de su resplandor. Orígenes sostenía que el Salvador es luz del mundo espiritual. La denominación de Cristo como verdadero sol entre los cristianos se empezó a utilizar antes de que surgiese la colisión entre el cristianismo y el culto al Sol. El Sol sale por el Este, de ahí la oración mirando hacia Oriente que se hacía antes. Mirando al nacimiento de la vida, al amanecer, a la resurrección. Por eso en Génesis 2-8 se lee: “Plantó Dios un jardín en el Edén hacia Oriente”.

      El círculo es un símbolo de lo celestial, de lo divino. Fue Jung quien mostró que el círculo simboliza una imagen de la psique, el símbolo de sí mismo, y el cuadrado simboliza lo terrenal, el cuerpo y nuestra realidad. El trono de Dios se representa sobre la base de un círculo. Además el círculo es envolvente, representa protección, es cerrado.

Rosetón en la capilla mayor de la catedral, con ocho rosetas que le aportan movimiento en su permanencia, la del gran círculo que todo lo engloba. FOTO: J.M.G.
Rosetón en la capilla mayor de la catedral, con ocho rosetas que le aportan movimiento en su permanencia, la del gran círculo que todo lo engloba. FOTO: J.M.G.

    En cuanto a la tracería, en la catedral de Ourense llama la atención la del rosetón de Oriente, el de la capilla mayor, a su vez logotipo de los establecimientos comerciales del centro histórico de la ciudad. Su tracería es una cruz rodeada por ocho rosetas. El ocho es número sagrado, el número del equilibro cósmico. Ambrosio dice que el ocho es el octavo día, el de la Resurrección de Jesús, un día que está fuera de la semana del ser humano, compuesta por siete días. En el ocho radica la plenitud de la Resurrección. Gregorio de Nisa también decía que el siete es el número de la edad del mundo caduco mientras que el ocho representa el día de la eternidad inmutable, el inicio de esta. Rosetón con ocho círculos también lo podemos encontrar, por ejemplo, en Santa Mariña de Augas Santas o en Xunqueira de Ambía. Son tan solo unos apuntes de la inmensa sabiduría que estas formas geométricas encierran. Sabiduría de siglos. Enseñanzas, claves que se van mostrando a todo aquel que se va iniciando en el aprendizaje de la lectura de los signos. Fiat lux!

Published inArquitecturaArteCatedral de OurenseOurensePatrimonio

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