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La luz de León: comunicación en la catedral medieval

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Vitrales del triforio y claristorio en la nave central de la catedral leonesa, en el muro norte. FOTOS: J.M.G.

JESÚS MANUEL GARCÍA. Hoy nos acercamos a León, para contemplar y entender su luz más misteriosa, la de la catedral. Es luz simbólica, no es luz natural sino interpretada, tamizada por el tacto del vitral que la convierte en algo maravilloso y lleno de mensaje, que se funde con tan noble fábrica. En el gótico la luz tiene un sentido de trascendencia, pues nada menos que alude a la divinidad. Para hacer ver a Dios los maestros arquitectos medievales se valían del vano amplio cerrado con vidrio de colores que convertía la luz solar en algo distinto, en algo lleno de armonía, color; algo etéreo, inmaterial pero cargado de belleza.

Con el gótico desaparece la función del vano como elemento iluminador del interior sin más. Ahora es protagonista en el muro y se expresa con fuerza y poderío en todo su esplendor.  El mismo muro es, en otras palabras, la divinidad que todo lo sostiene.

Rosetón del brazo norte del transepto catedralicio de León. Ahí las lancetas de los vitrales parecen auntar a lo alto, el rosetón representa lo que no tiene principio ni fin, la bella circularidad de la divinidad. Una rueda que parece estática y a la vez en movimiento. Es una manera de comunicar la presencia de Cristo resucitado, invicto, el Cristo sol.

Los muros de la catedral de León separan el interior del bullicio de la ciudad. Y los personajes que dan vida a no pocas vidrieras de esta sede, parecen flotar en el espacio o da la sensación de que nada tienen que ver con el muro ni con la estructura material del propio vano. Vitrales y muro góticos,  paramentos traslúdicos de este modo de levantar edificios religiosos en la Edad Media crean una cosmología apartada de la urbe. Los haces de luz derramada crean tal ambiente que en el interior de la catedral gótica parece reinar la ingravidez. Como señala Luigi Moretti, la iluminación de los espacios religiosos está en consonancia con el tiempo en que fueron construidos.

El hombre de la época en la que triunfó el arte gótico se concentraba en la contemplación de modo que el mundo terreno, perecedero, tendía a desvanecerse. De ahí que los interiores góticos de la catedral marquen o destaquen un espacio fuera del mundo y sean una especie de aperitivo a la vida futura. Por eso la catedral gótica es concebida como la Jerusalén Celeste en la Tierra.

Como indica Egdar de Bruyne, parece normal que el hombre tenga una imagen de las ideas en forma de sombras frías y grisáceas o de apariencias luminosas. Es lo que él llama plena metafísica, que es la solución planteada por Alberto Magno y su discípulo Ulrico de Estrasburgo, es decir, cuando sostienen que la proporción caracteriza la materia de una sustancia estética y la luz es la determinación formal. A Dios se le considera luz en estado puro y por ello es belleza simple y a la vez inconcebible. Fue San Buenaventura quien expuso que la luz basta para explicar la belleza. Dice Robert A. Scott que una gran catedral no era otra cosa más que “el intento neoplatónico de materializar y reflejar el espíritu de la perfección en la esfera terrenal”. La idea de que Dios es luz viene de antiguo. La aplicó, iniciando el gótico, el abad Suger en la basílica de Saint Denís, pero la tomó de la obra de Dionisio Aeropagita, pues es una de sus ideas fuertes. Este autor pensaba que cada criatura y objeto material estaban ligados a un orden divino por la luz, y que era posible remontarse hasta la fuente lumínica original, invisible y perfecta. De alguna manera la luz del templo gótico ayuda a hacer visible a Dios.

 

Entre el sinfín de tonalidades cromáticas de los vidrios de esta catedral también se observan personajes de la sociedad del tiempo en que fue levantada esta gran y delicada Jerusalén Celestial. Y motivos naturales en estos grandes proyectores de esencia ultraterrena.

Tanta es la magia y el poderío de las vidrieras de León. La luz comunicada de esta catedral, que sobrecoge a quien acude a ese espacio interior con la intención de degustar su ambiente, envuelto en colores que parecen caer del cielo, y que semejan derramarse en líneas rectas inclinadas sobre el pavimento del templo o sobre sus pilares.

Y una máquina de comunicación como es la catedral gótica tiene, al exterior, este aspecto de muro etéreo, formado por grandes vanos articulados en lancetas y rosetas que comunican su mensaje al interior y toda su delicadeza y elegancia tiene el necesario apoyo de los contrafuertes para sostener y hacer que perdure por los siglos su mensaje.

Por eso cuánto hay que conocer, entender, sentir y disfrutar en nuestras catedrales, monumentos capitales sintonizados hace muchos siglos por unos hombres que pusieron su vida en ello y que hoy es una delicia descifrar ese modo de comunicar tan potente como fue para sociedades de los últimos siglos, y aún ahora lo siguen siendo, aunque cada vez sean menos los que saben descifrar el código. En ello tiene algo que ver el menosprecio actual de las humanidades.

 

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