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Subida a la torre de la Catedral de Valladolid

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En la fachada principal, del lado de la epístola, surge la torre de la catedral vallisoletana, cuya forma octogonal data del siglo XIX y la parte inferior, del XVI. FOTOS: J. M. G.

JESÚS MANUEL GARCÍA. Subiremos hoy hasta lo más alto de la torre de la catedral metropolitana de Valladolid. Este recorrido vertical tiene una tarifa de 5 euros y se hace acompañados de un guía turístico de la propia catedral. Para acercarnos al ascensor, hemos de entrar por la puerta sur, reconstruida en los años 60 del siglo XX y que, si la catedral estuviese terminada, nos permitiría acceder la crucero del que carece. Traspasamos este monumental pórtico y llegamos a un estrecho pasillo quebrado que nos lleva directamente a la cabecera de la nave lateral sur de la basílica. Nos dirigimos al mostrador donde se venden las entradas y, desde allí, a la hora convenida, caminamos hacia la primera capilla de la nave sur, a los pies del edificio, la de San Miguel. Es la primera capilla que encontraríamos, si entrásemos en la catedral por la portada principal, mirando a mano derecha.

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Otra perspectiva de la torre, desde la fachada sur del templo, apreciándose en ella el fuerte aire herreriano que tiene.
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Desde la callejuela que lleva a la Plaza de la Universidad, por el lado sur del templo, se nos presenta esta vista de la torre, con más de 75 metros de altura.

Al entrar en la capilla llama la atención una maqueta, no exacta, de tan monumental catedral, fruto del ingenio de Juan de Herrera, que fue realizada recientemente pero que sirve para que los visitantes se hagan una idea del proyecto primitivo que por falta de dinero se quedó a medio hacer, pues solo tiene las tres naves que llegarían al crucero, lugar donde hoy está la cabecera del templo.

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Esta maqueta no es exacta sino una aproximación al proyecto . Permite hacernos una idea de lo que hubiese sido la catedral si se terminara. La torre de la izquierda se derrumbó en el siglo XIX y seguía el diseño original de Juan de Herrera. La que vamos a visitar se parece muy poco al proyecto original por no decir nada.

A la derecha, entrando en esta capilla, hay una puerta que nos permite alcanzar el ascensor para subir al primer piso de la torre, ubicado en el segundo cuerpo. Es ese volumen cuadrangular que sobresale por tener cuatro vanos gigantes con arcos de medio punto. Tanto dicho cuerpo como el inferior son exactamente iguales que los que tendría la torre norte, que se vino abajo en el siglo XIX. Con la única diferencia de que en la torre derrumbada el cuerpo que en esta otra vemos en segundo lugar, estaba un nivel más alto, como las torres de El Escorial. El cuerpo bajo de la torre actual tiene, además, una entrada directa desde la fachada occidental, que hoy se utiliza para acceder al archivo catedralicio.

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Estructura de metal y cristal por la que circula el ascensor en el segundo cuerpo, de dimensiones abundantes y cuatro vanos con arcos de medio punto en sus cuatro fachadas. En una esquina se exhibe una esfera antigua del reloj catedralicio, hecha con placas de metal.
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Vista de la matraca que sustituía a las campanas durante la Semana Santa.
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El reloj posee estas pesas que le permiten funcionar.

El segundo cuerpo presenta, pues, cuatro grandes vanos con arco de medio punto cada uno, y su cubierta es a base de vigas de madera. De ahí parte una escalera de caracol. El tercer cuerpo ochavado como los siguientes, según proyecto de Antonio Iturralde Montel, es conocido como el de los vientos porque sus ocho vanos están dirigidos a los ocho vientos. Todos ellos tienen arcos de medio punto. En este nivel se halla la matraca que se usaba en Semana Santa, en vez de las campanas, cuyo uso está prohibido desde el Jueves Santo hasta la noche del Sábado Santo. También caen aquí las pesas del reloj, que se ubica un piso más arriba.

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Esta es la maquinaria del reloj que mueve las agujas de las cuatro esferas exteriores de la torre mediante unas varillas que son un prodigio. El reloj suela atrasar del orden de cinco minutos en una semana por lo que se recomienda orientarse mejor por las campanadas, que están informatizadas y son exactas.

Un cuerpo más arriba, el cuarto, también octogonal, es el del reloj, aparato del que parten cuatro varillas hacia las cuatro esferas de la torre para poder moverlas mecánicamente. Ya es sabido en Valladolid que el movimiento de las agujas no siempre coincide con el de las campanadas, controladas informáticamente y que suenan a la hora, a los cuartos y a las medias de modo exacto.

Subimos un nivel más y por fin encontramos las campanas, instaladas en otros ocho vanos con arcos de medio punto. La más grande pesa dos toneladas y el sonido de las horas no se hace brusco porque el campanero le cambió el badajo por otro que suaviza los toques y no resultan por tanto campanadas ensordecedoras desde la calle. Ni siquiera desde la propia torre.

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Desde el cuerpo de campanas una escalera nos lleva al balcón que circunda la torre a los pies de su cúpula.
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Uno de los bronces que componen el conjunto sonoro de esta torre. Este se llama Santa Teresa y se ubica en un vano del muro suroeste. Se trata de un esquilón de volteo fundido en Bilbao en 1896. Su nota es Sol.

Hay una razón por la que esta catedral carece de campanas antiguas. Ello se debe al ya citado derrumbe de la torre del lado del Evangelio, en el siglo XIX. Databa del XVIII pero problemas de cimentación acabaron haciéndola ceder. Era entonces la única torre acabada y en ella estaban las campanas, que cayeron al suelo con el edificio. Sobre las campanas de esta catedral así como de las de las otras catedrales y concatedrales de Castilla y León existe un estudio detallado realizado por Antonio Sánchez del Barrio y José Luis Alonso Ponga (1). El campanario actual consta de cinco campanas que se encargaron a la firma bilbaína El Delta Español, en el año 1896, dos más que datan de 1926 y se fundieron en la casa Eduardo Portilla Linares, otras dos campanas fundidas en Francia y que según estos autores son las únicas no españolas que están en uso en una catedral castellanoleonesa. Los nombres de estas campanas son: Asunción de María, Beato Simón de Rojas, Corazón de Jesús, Espíritu Santo, San Pedro Regalado y Santa Teresa de Jesús. tres no tienen nombre.

Por unas escaleras de metal sobrevolamos este cuerpo hasta alcanzar la cúpula de piedra, bajo la cual vemos una estructura metálica que no es que sostenga la clave de dicha cúpula. Lo que aguanta es el peso de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que culmina la torre a 84 metros de altura. La imagen se hizo allí mismo, con poco grosor para aliviar su peso. Cuando llueve, el agua que se filtra dentro de la cúpula, ya no se expande por la piedra causando problemas graves de humedad sino que discurre por la estructura metálica citada para derivar en un depósito donde se acumula.

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Esta estructura cumple doble función: aguantar el peso de la imagen en hormigón del Sagrado Corazón que corona la torre, y conducir el agua que se filtra por las lluvias, dirigiéndola a un depósito evitando que entre descontrolada y dañe la piedra.

Esta cúpula posee una puertecilla que nos permite salir a una terraza que rodea el octógono y nos pone la ciudad de Valladolid literalmente a nuestros pies, distinguiendo otros monumentos de esta populosa urbe castellana. Observamos perfectamente el primer edificio renacentista civil de España o Colegio de Santa Cruz, vemos las iglesias de Santa María la Antigua, San Pablo, Santiago…. Cada cual más monumental y cargada de historia y de arte. Observamos la pujanza de Valladolid con urbanizaciones que se pierden en el horizonte. Se divisa la Plaza Mayor, presidida por el Ayuntamiento. En las barandas hay unos paneles que orientan al visitante en su panorámica sobre la ciudad del Pisuerga.

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Podemos bordear la cúpula mediante este pasillo que es un mirador privilegiado sobre la capital de Castilla y León. Valladolid se muestra inmensa desde allá arriba.

De la misma manera podemos observar cómo la catedral quedó truncada y cómo la monumental puerta sur, por detrás, deja ver lo que serían los muros del brazo sur del crucero, con sus pilastras que hoy están al aire libre y, un poco más abajo, la uralita que protege el pasillo de acceso al templo por esa zona, desde la plaza de la Universidad.

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Esta vista permite ver cómo el brazo sur del crucero de la catedral quedó a medio hacer. Se ven las pilastras del interior que siguen a la intemperie. Este brazo tiene terminada la fachada que permite entrar en la catedral por un pasillo.

Los materiales predominantes en esta catedral son la piedra caliza, que permite ser trabajada con mucha más facilidad que el granito, y el hormigón, del que está hecha la imagen exterior del Sagrado Corazón. En el segundo cuerpo octogonal de la torre vemos una barandilla de hierro.

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El Sagrado Corazón de Jesús corona la catedral a 84 metros de altura.
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Vista posterior de la imagen, que fue realizada in situ.

El primer cuerpo y el segundo de la torre datan del siglo XVI. Todos los cuerpos octogonales son del siglo XIX. Así, en el año 1880 comenzaron las obras para terminar esta torre. El primer piso de ese volumen octogonal estaba ya empezado hasta el arranque de los arcos en 1881, comenzando el montaje de las cimbras. En 1884 se retomaron las obras y quedó terminado el primer piso hasta la barandilla. Durante ese año se construyó el cuerpo octogonal y fueron subidas las campanas. El 4 de abril de 1885, que fue Sábado Santo, se inauguró la torre, a la que todavía la faltaba la cúpula y terminar el cuerpo octogonal. Las obras fueron bendecidas por el entonces arzobispo Benito Saenz y Forés.

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Panoràmica del centro vallisoletano desde lo más alto de la torre.
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Otra vista, mostrando las cubiertas de la torre que se derrumbó en el XIX y las de las naves de la catedral.
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Otra sinfonía de edificios viejos y nuevos en la pujante urbe castellana.

En 1886 los vallisoletanos se dieron cuenta de que la torre catedralicia era poco agraciada, le faltaba esbeltez y las campanas no se oían. Fue entonces cuando se aprobó un nuevo proyecto de ampliación encargado a Antonio Iturralde. Al año siguiente se añadieron dos cuerpos más octogonales, uno para instalar el reloj, otro para campanas. El cuerpo del reloj quedó rematado en 1887, y posteriormente el cuerpo de campanas. Estas fueron subidas a su nueva ubicación en 1888. A principios de 1890 se terminó la obra de la torre dotándola de un tejadillo y no de la cúpula proyectada.

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Un poco más allá de la cabecera de la catedral podemos divisar este otro monumento singularísimo de Valladolid: la iglesia gótica de Santa María la Antigua con su campanario románico.

Ya con la entrada del siglo XX, concretamente en 1911, fueron colocadas las cuatro esferas del reloj, que estaban esmaltadas y pintadas de blanco. El reloj se ubica en el centro de la torre desde el que parten cuatro varillas o cañones para mover las agujas de las cuatro esferas. En 1923 terminaron por fin las obras al ser construida la cúpula, pero esta se quedó sin linterna, que a pesar de figurar en las trazas del arquitecto, fue sustituida por la mencionada imagen del Sagrado Corazón. En 1924 se dio oficialmente por terminada la obra de la torre catedralicia.

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En primer plano, el espléndido edificio renacentista del Colegio de Santa Cruz.

En el interior de la torre vallisoletana es posible ver la caseta de madera donde se situaba el campanero, caseta a la que llegaban las cuerdas de todas las campanas para tocarlas sin pasar frío. A la vista están también las pesas del reloj, un cuerpo más debajo de este. Y una esfera antigua del mismo allí expuesta.

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En esta caseta el campanero se protegía del frío y manejaba las cuerdas de cada campana. El campanero vivía en la torre.
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Tejadillo de la caseta del campanero.

En el renacimiento las torres de los templos tenían que ser proporcionales al ancho de los edificios a los que servían. Esta es una norma de la época. Chueca Goitia señala que su anchura, la de las torres, debía oscilar entre la tercera y la cuarta parte de la del templo. Las torres de la catedral vallisoletana tienen, según este arquitecto, un ancho que representa la cuarta parte de la anchura total de la catedral.

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Al fondo, se ve la espléndida iglesia de San Pablo al lado de la cual se halla el Museo Nacional de Escultura.

En el proyecto de Juan de Herrera las torres catedralicias tenían tres cuerpos más o menos iguales y con superposición de tres órdenes de pilastras con arquitrabe. El tercer cuepo sería el se campanas, que resultaría mucho más esbelto que el actual, ochavado. Lo más parecido que tenemos hoy a ese proyecto original de las torres de Herrera en Valladolid son las torres de la basílica de El Escorial, del mismo autor. Según Chueca Goitia, ambas torres son “una simplificación arevida de un tipo de torre de órdenes superpuestos propia del Renacimiento”. Las torres de Valladolid son gemelas de las escurialenses, lo que ocurre es que estas últimas solo muestras sus dos últimos cuerpos.

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El campanario de la iglesia del Salvador sirvió de inspiración para construir el octógono de la torre catedralicia.
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Otra vista de la torre en la que se inspiró el edificio desde el que vemos esta panorámica.

Herrera preveía para la catedral de Valladolid dos torres de tres cuerpos flanqueando la fachada principal y otras dos de dos cuerpos y rematadas en tejado piramidal, más bajas, por tanto, a ambos lados de la cabecera del gigantescos rectángulo que representaría este templo si se concluyese.

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En esta vista, el primer edificio a la derecha es el de la Famosa fachada de la Universidad de Valladolid. Al fondo, a la izquierda se ve el hospital clínico Río Ortega.
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Aquí observamos la portada del brazo sur del crucero que, de momento, solo es fachadismo ya que tras ella solo hay un pasillo discreto que nos lleva hasta la cabecera del templo. Según el proyecto de Herrera, la puerta que aquí vemos estaría en medio de otro cuerpo de naves como el que observamos hacia la torre, lo que haría de esta catedral un ejemplar único en el Renacimiento por su gigantismo elegante.
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El segundo cuerpo, concordante con el primero, carece de la esbeltez que tendría si estuviese construido un nivel más arriba, como lo había diseñado Herrera. Para dar mayor altivez a la torre hubo que actuar en el XIX para dotarla de esos tres cuerpos ochavados que se hallan sobre el que debería ser el cuerpo de campanas, ubicándolo, claro está, a la debida altura.

Pero si esto es el proyecto de Herrera, la realidad es bien distinta. Basta mirar la torre sur, a la que hemos subido, para percatarnos enseguida que no hay, del siglo XVI, tres sino dos cuerpos, siendo el primero muy robusto, sobre el que se ubicó el siguiente, que resultó ser el que tenía que ir en tercer lugar, para darle esbeltez. Así, este segundo cuerpo actual, al carecer de otro inmediatamente inferior que le proporcionase más altura, no luce como debiera al perder esbeltez.

Si observamos la fachada principal, enseguida nos percataremos que Juan de Herrera quiso plasmar en ella lo que no pudo llevar a cabo en el constreñido espacio de la fachada de la basílica escurialense. Es decir, en Valladolid pudo diseñar una fachada mucho más lucida. Eso sí, ambas fachadas son monumentales porque están en consonancia con la gran monumentalidad de dichos edificios y, además, siguiendo a Chueca, no tienen paralelo alguno en su época en toda Italia. Regresamos al ritmo de la calle, satisfechos de la experiencia que supone este recorrido vertical que nos permite descubrir la riqueza cultural que encierran las torres de nuestros monumentos.


SÁNCHEZ DEL BARRIO, Antonio y ALONSO PONGA, José Luis: Las campanas de las catedrales de Castilla y León, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2002.

 

 

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