Ir al contenido

Saber hablar en público

JESÚS MANUEL GARCÍA. Escuchamos a locutores de radio en emisoras de nuestras villas y ciudades y algunos nos parecen antiguos en su decir, provincianos en el sentido más rancio de la expresión. Porque nos cansan, nos aburren con su voz y modo de hablar. Escuchamos a empresarios, gerentes, a políticos hablar en público y muchos de ellos nos espantan los oídos, por cómo dicen, o por esto y por lo que dicen. No saben comunicar bien cuando se dirigen al público. Algunos no saben hablar, que es más grave. Unos solo hablan para sí mismos, les da miedo levantar el tono de voz porque piensan que gritan; otros resultan monótonos y ya pueden estar contando un tema interesante que cansan porque no tocan bien el instrumento, de ahí que no suena bien la partitura que constituye el texto. No digamos si escuchamos a jóvenes, incluso universitarios, cuando tienen que hacer una exposición en público. Por desgracia no son pocos los que no saben dirigirse al público.

Lo primero a tener presente es algo tan sencillo y gráfico como que la voz es el instrumento de cuerda que toca una partitura que llamamos texto. Partiendo de esto, hemos de tener muy claro qué partitura tocaremos, que esté bien medida para que no haya errores. Con el instrumento afinado, empezamos a tocar, a interpretar y si lo hacemos bien, no nos quepa duda que comunicaremos de modo óptimo.

En ese tocar bien está el vocalizar perfectamente cada palabra. No se pueden dejar letras sin que suenen. Hay que pronunciar cuantos caracteres integran una palabra. Si cada palabra, cada frase suenan como deben, tendremos un decir limpio, elegante. Cada vez que no vocalizamos, se pierde interés, el efecto de nuestra comunicación se rebaja. Pero aún hace falta algo más, entonar. Todos hemos visto personas que leen un discurso ante un auditorio y parece que están leyendo una epístola en la iglesia. Se nota horrores que están leyendo, con unas entonaciones en muchos casos, de escolar. Es menester ir más allá y entonar, modular la voz a base de ejercicios. “Cantar” el texto, aportarle ritmo, pausa, subir la entonación, bajarla. La radio, por cierto ayuda mucho en esto, aunque por desgracia no a todos.

Trabajar la voz cuesta, no es fácil, cierto. Los tímidos tienen miedo de perder su personalidad si elevan la voz. Así hay quienes están en una tribuna pero hablan para sí mismos, como si tuviesen en la boca una miga de pan. Y se hacen insoportables desde el inicio de su intervención. Al auditorio hay que vapulearlo elegantemente con el tono de voz. Claridad, agilidad, ahora un silencio, que también es comunicación. Es preciso dibujar el discurso que sale de nuestra boca, con sus tonos, sus matices. No hay que asustarse de hablar en un tono elevado cuando se está ante un público sino comunicar bien, ser contundentes con el discurso pero sin imponer nada.

Cansaremos menos al auditorio de este modo que poniéndonos ante el micrófono para mascullar palabras o tragarlas. Craso error. Hemos de sacar la voz adecuada al tamaño de nuestro auditorio, sin miedo, porque no vamos a gritar sino a elevar la voz. Y contar bien, sin recurrir a expresiones comodín tipo “como no podía ser de otro modo”, titubear, soltar el típico “eeeeee” mientras se piensa la siguiente frase, abusar de tics tipo “¿vale?” . Todo lo hace la práctica que nos ayudará igualmente a ofrecer discursos bien estructurados y variando las palabras para no repetir siempre las misas, que para eso existen los sinónimos.

Conviene aprender a decir en vez de leer, empatizar con el público, decirle, contarle, no leerle. Cierto que la voz está condicionada por nuestra psicología y fisiología. El primer aspecto es más complejo que el segundo. Se necesita romper barreras.

Trabajar poco a poco la voz le quita inmadurez, detalle este que se ve demasiado en todo tipo de actos, voces inmaduras, que no están moldeadas para lucir en público. Nuestra voz transmite muchas cosas, nuestro ánimo, por ejemplo. Es necesario aprender a comenzar nuestras primeras palabras del día diciéndolas con fuerza, con energía, y transmitir con nuestra voz seguridad y dominio cuando estamos ante un auditorio.

Como señala Bang-Rouhet, el orador tiene que verse a sí mismo positivo y del mismo modo ver al público. Ahí tenemos a un orador adulto que confía en sí mismo y en los demás. Por supuesto, este instrumento de la voz que toca el texto, irá acompañado necesariamente de un dominio del lenguaje no verbal, es decir, el comportamiento de nuestro cuerpo cuando estamos dirigiéndonos a un público. Comunicar bien es tan fundamental como estar aseados.

 

Publicado elComunicacióncomunicación oral y escrita

Se el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *