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El obradoiro de la catedral de Ourense

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Este espacio se llamaba Rúa da Obra, hoy Lepanto. FOTO: J.M.G.
Este espacio se llamaba Rúa da Obra, hoy Lepanto. FOTO: J.M.G.

JESÚS MANUEL GARCÍA. En Santiago vemos la imponente fachada occidental de su catedral mundialmente conocida como fachada do Obradoiro por estar en la plaza homónima. Para el lector no gallego, obradoiro significa taller, en este caso, el taller de los canteros que en tiempos del barroco tallaron las piedras que se transformaron en tan brillante arco triunfal. Siglos atrás, el obradoiro estaría a pie de obra, según iba avanzando la fábrica de la basílica. En Ourense se conserva el nombre de Rúa da Obra, hace unos años cambiado por Rúa Lepanto. Es la calle que nos lleva desde la Praza do Ferro hasta el portal norte de la catedral de San Martiño. El nombre no puede ser más evidente pues hace referencia al obradoiro ourensano, establecido en esa zona próxima al crucero y a la cabecera del templo, las partes más antiguas, por las que se inició la construcción del edificio en el siglo XII.

Todavía en nuestros días esta calle sigue siendo oscura y estrecha aunque perdió los voladizos pronunciados de sus viejos edificios. FOTO: J. M.G.
Todavía en nuestros días esta calle sigue siendo oscura y estrecha aunque perdió los voladizos pronunciados de sus viejos edificios. FOTO: J. M.G.

  El soniquete de la piqueta de labrar sería la música constante es esta zona de la vieja y por aquel entonces muchísimo más pequeña ciudad. En aquel lugar abierto, -previo a la urbanización posterior dando origen a la Rúa da Obra, que desde mediados del siglo XIX pasó a llamarse Rúa Lepanto-, se daba forma a un ideal inmortalizado en piedra. Estamos en una época en la que crece en los reinos cristianos peninsulares el número de maestros foráneos que harían el arranque de la Claustra Nova en el ocaso del XIII.

La antigua Rúa da Obra estaba cerca de la zona donde los canteros iniciaron la construcción de la catedral, es decir, la cabecera. FOTO: J.M.G.
La antigua Rúa da Obra estaba cerca de la zona donde los canteros iniciaron la construcción de la catedral, es decir, la cabecera. FOTO: J.M.G.

   Cada cantero solía tener en alguno de sus hijos su mejor continuador. Junto a la cada vez más elevada mole de la catedral, que crecía de afuera hacia el interior, harían jornadas con una media de entre unas ocho horas de trabajo o tres cuartos de jornada durante el frío invierno ourensano, trabajando sin parar en el tórrido verano durante unas doce horas, por tanto, de sol a sol. Aquellas relaciones laborales entre la Iglesia de Ourense y los artistas serían sobre todo verbales, una vez superados los trámites cuyo permiso final dependía del obispo.

   Desde mediados del siglo XIII ya se empezaba a considerar a los maestros constructores como verdaderos ingenieros que dominaban algo fundamental: la geometría, que permitía trazar el templo, orientarlo y darle proporción. En el vicus operis los canteros aportaban los bloques de granito que vendrían de los alrededores de la ciudad e incluso posiblemente de alguna zona del subsuelo de la misma. Tallaban sus piezas para configurar una planta de claro origen monástico en una fábrica románica diseñada siguiendo el sistema ad quadratum y sin dejar de representarla también con base en el círculo. El cuadrado nos remite al mundo terrestre; el círculo, al divino. Los monjes cistercienses se emplearon en construir sus iglesias con base en el cuadrado. Se trataba de edificios sencillos, modulares, fruto de un método básico de diseño. Y la catedral ourensana, nacida en el románico, tiene una innegable inspiración en la arquitectura del Císter. Le estaban haciendo una cabecera poco profunda para luego tallar un bello coro pétreo en la nave central.

El edificio se iba completando desde el exterior hacia el interior. FOTO: J.M.G.
El edificio se iba completando desde el exterior hacia el interior. FOTO: J.M.G.

   Sabían aquellos obreros que trabajaban para dejar constancia del mejor testigo del arte de construir, la catedral, de cuya financiación se encargaba la Fábrica, tan extendida en la Europa del siglo XIII. Ella regulaba los dineros, el ritmo de producción del taller y era la propietaria no sólo de la obra sino de las plantillas que usaban los constructores.

   En aquella pre-Rúa da Obra se paría el gran monumento de la ciudad preparando capiteles, molduras, fustes, ménsulas… O los pilares compuestos de núcleo cuadrado que separan las naves y cuyo diseño les llegaba por el Camino de Santiago desde de la abadía francesa de Saint Michel, donde nació esa modalidad hacia 1050 y que cuajó primero en Santiago, luego en Cambre, también en la colegia del Sar y en la Sé Velha de Coímbra.

   La calle que nos ocupa era oscura y estrecha con voladizos hasta el siglo XIX. A lo largo del siglo XV hay varias referencias a esta rúa que, al parecer, tenía pocos vecinos, al referirse al recuento de la contribución de la Hirmandade en los años, por ejemplo, de 1433, 1483, 1487 y 1491. Con los años aquel espacio de trabajo se fue urbanizando. Comenzaron a construirse edificios palaciegos, sirvan de ejemplo el del museo y otros.

La hoy Rúa Lepanto cobra mayor actividad por las tardes, con la apertura de sus locales de vinos y tapas. FOTO: J.M.G.
La hoy Rúa Lepanto cobra mayor actividad por las tardes, con la apertura de sus locales de vinos y tapas. FOTO: J.M.G.

   En el subsuelo aparecieron restos medievales del retablo de piedra de la catedral, una columna con fuste lobulado y capitel que Juan Carlos Rivas señala que perteneció al claustro del primer convento franciscano y una basa de columna que podría datar del siglo XVII, sin ornamentación. En documentos del año 1265 se habla de la Rúa Operis y ya en el siglo XV se la conoce como Rúa da Obra. Allí tuvieron sus casas grandes los Mendez Montouto. El pleito de las fortalezas (1455-1456) menciona una taberna en la Rúa da Obra, la de Juan das Cortes. Con edificios góticos y renacentistas, la calle fue mudando su aspecto. Hoy es un vial de piedra con distintos locales hosteleros que dan vida sobre todo a las tardes de la ciudad y en verano alegran el ambiente de propios y forasteros que toman sus consumiciones y tapas bajo la atenta mirada secular de la mole de la catedral.

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