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El metro y su intrahistoria

Los túneles del metro provocan misterio y ganas de descubrir. FOTO: J.M.G.
Los túneles del metro provocan misterio y ganas de descubrir. FOTO: J.M.G.

JESÚS MANUEL GARCÍA. Me gusta el Metro. La verdad, siempre me encantó viajar en este medio de transporte subterráneo, desde niño. Y me sigue atrayendo. Recorrí bajo tierra en diversas ocasiones numerosos tramos en la red de ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, Lisboa, Roma, Bruselas, Londres, París, Nueva York, Montreal, Filadelfia, Washington D. C. … Cada uno tiene su encanto y sus diferencias, mas todos son imagen del transcurrir de la vida o de diferentes acciones que podamos llevar a cabo en nuestra vida.

Acceso a la estación de Gran Vía, con el logotipo creado por Antonio Palacios. FOTO: J.M.G.
Acceso a la estación de Gran Vía, con el logotipo creado por Antonio Palacios. FOTO: J.M.G.

   Descender a una estación de metro tiene, para mí, una mezcla de gusto por viajar, por moverte de un sitio a otro y, a la vez, un halo de misterio, el  que implica cualquier bajada al mundo subterráneo, al mundo de la oscuridad o de la luz artificial. El simple hecho de escuchar su paso desde una acera donde haya rejilla de ventilación, o notar la cinematográfica corriente de aire que produce, o sentir la vibración y rumor del paso de trenes bajo el pavimento de un restaurante del centro de la ciudad. Todo ayuda a crear misterio. Bajas, mediante escaleras de obra, mecánicas, ascensores, a veces a gran profundidad y por rampas de escaleras mecánicas empinadísimas a una maraña de túneles, un laberinto que se expande bajo los pies de la urbe.

Detalle de un plano de la red de metro. FOTO: J.M.G.
Detalle de un plano de la red de metro. FOTO: J.M.G.

  El metro une puntos algebraicos, lugares y personas. Parafraseando a Marc Augé, el metro es como un río que fluye, lleno de afluentes y muelles. Y los andenes de las estaciones semejan orillas de ese río en las que se refugian los excluidos porque, dice el etnólogo, si el flujo une, la orilla separa. El metro y sus circulaciones son como el sistema sanguíneo de un cuerpo vivo, simboliza la vida. Conocí muy bien, de memoria puedo decir, la red del metro madrileño en mis años de estudiante universitario en esta ciudad. Podía ir sin hacer uso de plano o mapa alguno de un punto a otro, intercambiando líneas y moviéndome con muchísima agilidad por pasillos y túneles peatonales para alcanzar los andenes. Esos andenes que eran y aún son refugio de quienes venden un periódico gratuito o interpretan una canción. Y es curioso ver los niveles de este tipo de personas y sus acciones. Los más pobres se meten en los coches de cada tren y piden ayuda en alto, cantan algo y anuncian su situación de pobreza. Los intérpretes de algo más de “categoría” tocan y crean su espectáculo fuera de los andenes, en otras esquinas de los largos pasillos. Son las tipificaciones del nivel de generosidad de los ciudadanos que se da en el metro: petición de limosna en los trenes, la mendicidad en pasillos próximos a andenes y la ya citada actividad artística desarrollada en los cruces de pasillos por gentes más cualificadas.

El metro está cargado de simbolismo. FOTO: J.M.G.
El metro está cargado de simbolismo. FOTO: J.M.G.

   El metro es un lugar para la lectura, pensemos en los británicos con sus tabloides, con los que marcan su espacio personal como magistralmente estudió Kate Fox. Es corriente ver en cada tren de cualquier red a gente ensimismada con una publicación periódica o con un libro cualquiera. La literatura viaja en metro, pues en los vagones hay pegatinas con textos de obra literaria de distintos autores, para invitar al público a degustar las maravillas de la lectura y las puertas que esta abre. Si en otra ocasión mencionamos el concepto de no lugar, acuñado por Augé, resulta que el andén de las estaciones de metro y este medio en general no es un no lugar, my especialmente para todos cuantos perciben este sistema de transporte como un elemento fundamental de su ciudad, que ha sido escenario de canciones, películas, literatura… y que contribuye a dar personalidad a dicha urbe. No puede ser un no lugar para quienes hacer a diario el mismo recorrido.

Perspectivas de acero, luz y hormigón bajo tierra. FOTO: J.M.G.
Perspectivas de acero, luz y hormigón bajo tierra. FOTO: J.M.G.

   El metro también refleja el cambio de la ciudad. Volviendo a Madrid, mucho ha evolucionado el plano de la red desde aquel 1984 a hoy. Conservamos, porque coleccionamos, diversas ediciones de dicho plano que evidencian un crecimiento de líneas, otras que son completadas y que ya no se llaman como antes porque tanto al principio como al final han cambiado sus estaciones de término. Cada vez vemos menos personal en las estaciones, como no sean los guardias de seguridad o algún operario que está en alguna taquilla. Todo ha sido informatizado y las nuevas tecnologías, obviamente, se dejan ver en la infraestructura, desde los aparatos que permiten la circulación segura de los trenes a las pantallas digitales que te muestran publicidad e información. El movimiento es consustancial al metro, que, además, siempre se halla en obras.

El metro puede ser ejemplo de lo que no es un no lugar. FOTO: J.M.G.
El metro puede ser ejemplo de lo que no es un no lugar. FOTO: J.M.G.

  Tampoco escapa esta red subterránea a la capacidad de simbolizar la sociedad de consumo que contamina con sus residuos, del mismo modo que deja en los andenes a todos los miembros del sistema social. En el metro parecen unirse la juventud, la pobreza y lo moderno. En sus vagones hemos visto y vemos, quizás ahora con otra intensidad, el influjo de las olas de inmigración, o de turistas, etc. A pesar de las tecnologías y de los fluorescentes, el metro es también olor a material eléctrico, a mundo subterráneo y a veces, a cloaca.

   El metro es el misterio de la oscuridad, de la noche, por eso nos atrae mirar asomándonos a la boca de sus túneles desde los andenes, y adivininar la siguiente estación, algo que sí es posible en ciertas líneas antiguas de Madrid, por ejemplo. O ver el reflejo de los focos del tren sobre los raíles, allá a lo lejos, que pronto se traducirá en vibración de estas barras de acero paralelas por las que circula. Un misterio que puede convertirse en legendario, casi en un mito, como sucede en estaciones que el desuso sume en el abandono y que se aparecen   en cuestión de segundos como espacios fantasmales al paso del tren en medio de la oscuridad. De ese olvido ha sido felizmente rescatada la estación de Chambery,  como espacio museístico, para mostrar una estación “congelada” en el tiempo, en los años sesenta del pasado siglo, cuando perdió su condición y uso. Allí están las cabinas de taquillas, verjas, azulejos, anuncios de productos de la época, todo con una luz tenue que crea una extraña sensación, cada poco tiempo sosprendida con el viento y ruido de los trenes que pasan cuales ráfagas de luces, metiéndose de nuevo en la oscuridad. Luz y ausencia total de esta que vuelve a ser tal y así sucesivamente. Contraste en el metro, como en la propia vida.

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