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Diez años de la traducción al castellano de un ritual especial

FOTO: J.M.G.
FOTO: J.M.G.

JESÚS MANUEL GARCÍA. Este año se cumple una década desde la publicación, por primera vez en lengua española, de un libro tan antiguo como curioso. No es una obra cualquiera porque trata de un tema que a muchos repele, asusta o simplemente no les interesa. Estamos hablando del Ritual de exorcismos, que la Conferencia Episcopal Española tradujo en el 2005 al castellano. Un texto aprobado en 1998 por Juan Pablo II y al que no se le ha dado publicidad alguna ahora que está al alcance del lector español. Bien es cierto que no es una obra para que circule como si de una novela se tratase. La Iglesia lo califica de libro peculiar. Es la revisión hecha al capítulo De exorcizandis obsessis a daemonio, del Rituale Romanum del año 1614.

   La necesidad de este libro obedece «a una realidad de la fe católica, en concreto, la existencia de Satanás y de los demás espíritus malignos», que alejan al hombre del camino de salvación, dice la Iglesia, y lo hunden en el engaño, en la mentira, «también, en algunos casos, mediante la llamada obsesión o posesión diabólica». El exorcismo no es más que la plegaria de la Iglesia apoyada en el poder de Jesucristo. Es de dos clases, el menor, del catecumenado, y el exorcismo mayor, que se refleja en esta obra de 102 páginas.

   La Conferencia Episcopal Española recomienda «usar con prudencia este libro litúrgico como instrumento pastoral, evitando el sensacionalismo que suele acompañar a cuanto tiene relación con el mundo diabólico». El poder de la Iglesia para celebrar exorcismos le viene de Cristo, advierte el ritual. El exorcismo mayor solemne o gran exorcismo es una acción litúrgica, una súplica a Jesús.

   El ministro será un sacerdote piadoso, con aprobación de su obispo. Actuará con máxima prudencia y no creerá con facilidad que alguien es presa del demonio cuando se trata de un enfermo psíquico. Tampoco deberá creer al primero que le diga que está poseído ni emplear el exorcismo con quienes se consideren víctimas de maleficios. Tendrá que oír a los expertos científicos y cuando no encuentren respuesta, aun así, el exorcista deberá estar muy seguro, con certeza moral, de que tiene ante sí a un poseso.

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Una de las fórmulas imperativas para expulsar al maligno. FOTO: J.M.G.

   El ritual cita como signos de la posesión demoníaca el hablar un lenguaje desconocido con muchas palabras o entender al que lo habla, descubrir hechos distantes y secretos o mostrar una fuerza superior a la que corresponde a su edad o naturaleza. Con todo, apunta que esto no debe ser considerado estrictamente como proveniente del diablo. Aún hay más, como mostrar aversión hacia Dios, hacia Cristo, la Virgen, los santos, la Iglesia, los ritos, etcétera. Por si fuese poco, el sacerdote juzgará con prudencia tras haber consultado a expertos en asuntos espirituales, médicos y psiquiatras «que tengan sentido de las cosas del espíritu».

   Esta práctica, no deja de subrayar el ritual ahora en castellano, se realizará de tal forma que manifieste la fe de la Iglesia de modo que nadie pueda considerarla como una acción mágica o supersticiosa. El rito «no puede convertirse en un espectáculo para los presentes y se prohíbe que acuda ningún medio de comunicación». De ahí que las instrucciones dirigidas a quien lo practique son muy claras y contundentes.

   Un gran exorcista como es el italiano padre Gabriele Amorth, lamenta que hoy en día no son pocos los sacerdotes e incluso obispos que hacen dejación de este ritual, que no creen en el exorcismo. En Galicia hay al menos dos exorcistas y en el resto de España es bien conocido el padre José A. Fortea, autor de una tesis doctoral sobre demonología, así como de otros libros al respecto. Ha realizado y sigue llevando a cabo exorcismos en Madrid. Nos dice que los demonios son varios y tienen diferentes nombres: Belcebú, Lilith, Asmodeo, Seirim, Demonio, Belial, Apollyon y Lucifer. El lenguaje que utilizan, indica Fortea, es el mismo que el de los ángeles, que se comunican entre ellos con pensamientos. Así como nosotros nos comunicamos con palabras, estos seres espirituales, insiste el exorcista, lo hacen mediante especies inteligibles, que pueden ser comunicación de razonamientos, sentimientos, imágenes… La transmisión de estas especies inteligibles es telepática. Comunican pensamiento en estado puro.

   Fortea señala que los demonios no están en un lugar concreto, dentro de nuestras coordenadas de espacio y tiempo, a pesar de que en un sitio concreto afecten a un ser humano. Son seres con una inteligencia muy superior a la humana, pero aún así no pueden conocer el futuro de la persona. No saben lo que una persona decidirá libremente. Cuenta Fortea que el demonio no siempre está haciendo el mal sino que “muchas veces simplemente piensa”, pero no puede hacer jamás un acto de caridad ni de arrepentimiento sobrenatural.

   Los demonios gozan de los placeres pero no con los cinco sentidos de la persona afectada por ellos. Gozan con su inteligencia y su voluntad, potencias que en ellos continúan intactas. “Lo que no pueden hacer es amar a nadie con un amor sobrenatural”, recuerda Fortea. Estos seres espirituales no pueden leer nuestro pensamiento, solo pueden aventurar lo que supone que haremos después de ver cómo actuamos. Es decir, observa al poseso y conjetura qué hará, pero no lee su pensamiento. José A. Fortea manifiesta que Dios no odia a los demonios porque en Dios no existe el odio. Por ello aconseja que el exorcista tampoco debe odiar al demonio cuando realiza el exorcismo. Según este autor, “ha sido el Amor el que ha permitido la existencia del infierno”. Y añade que los demonios no contagian a nadie. No vienen como si de una enfermedad se tratase. Afectan a una persona si esta los atrae conscientemente.

   Hay muchos ciudadanos a los que la palabra exorcismo les causa pavor y se sorprenden cuando se percatan de que cuando fueron bautizados ellos o sus hijos, todos recibieron un exorcismo menor. O sea, que el exorcismo no es causa de miedo. En todo caso, lo será aquello contra lo que se aplica el contenido de este ritual que llegó a España traducido hace ya diez años, cuando en otros países como Portugal disponían con anterioridad a nuestro país, de la versión lusófona del mismo texto.

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